2ª Carta a la Duquesa de Sesa

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra Señora la Inmaculada Virgen María. Sea Dios preferido a todas las cosas del mundo. Amén Jesús.

Hermana mía muy amada en Jesucristo, muy noble, virtuosa, generosa y humilde Duquesa de Sesa, Dios os salve y guarde a vos y a todos cuantos El quisiere y fuere servido. Amén Jesús.  Esta es para haceros saber cómo estoy, y daros parte de todos mis trabajos, necesidades y angustias, que son cada día mayores, pero sobre todo ahora.

Cada día aumentan sobre manera las deudas y los pobres, los cuales muchos vienen desnudos, descalzos, llagados y llenos de miserias, lo cual hace necesario uno o dos hombres para su limpieza y aseo, trabajo que durará todo el invierno hasta el próximo mes de mayo. Así que, hermana mía en Jesucristo, mis trabajos crecen cada día mucho más.

Nuestro Señor Jesucristo quiso llevarse para sí a su muy querida y amada doña Francisca, hija de don Bernardino, sobrino del Marqués de Mondéjar; la cual mientras vivió acá en la tierra, con la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, siempre hizo mucho bien a los pobres, de modo que a todas las personas que por amor de Dios le pedían, nunca le faltaba la bendita limosna que darles; de esta forma nadie marchaba desconsolado de su posada.

Por otra parte, esta bienaventurada doncella decía tan buenas palabras y daba tan buen ejemplo y buena doctrina, es decir, eran tantas las cosas que hacía, que para escribirlas era preciso un gran libro. No obstante, algún día escribiré más ampliamente las cosas de esta bienaventurada doncella doña Francisca, que nuestro Señor la quiso llevar ahora para sí, donde está viva y sana, con mucho placer y descanso, según creemos por lo que hemos visto todos los que la conocíamos. Mirando el amor de Dios, sus buenas obras y la gracia de Jesucristo que obraba en ella, a todos hacía bien, tanto con el consejo como con la limosna, ya que para todo y para todos le daba gracia Jesucristo.

Por tanto, según nuestro parecer, y por lo que acá en la tierra la vimos hacer todos los que la conocíamos, no podemos sino juzgar que está ahora descansando con nuestro Señor Jesucristo y con todos los ángeles de la corte del cielo. Mucho han sentido su muerte todos los que la conocían, así pobres como ricos; y con mucha más razón lo había yo de sentir que ningún otro, por el consuelo y buen consejo que siempre me daba; que por más desconsolado que a su casa iba, no salía sin consolación y buen ejemplo; y pues nuestro Señor fué servido de llevarnos tanto bien, bendito sea El por siempre, pues mejor sabe El lo que hace y nosotros necesitamos, que nosotros podemos pensarlo.

Hermana mía muy amada en Cristo Jesús. Os he querido dar cuenta de mis trabajos, angustias y necesidades porque se que os doléis de mí, como yo haría de vuestras cosas. Mucho os debo, buena Duquesa, y nunca olvidaré el buen tratamiento que me hicisteis; más de lo que yo merecía; nuestro Señor Jesucristo os lo pague en el cielo y os traiga con bien al buen Duque de Sesa, vuestro muy humilde marido, y os dé hijos de bendición, con que le sirváis y améis sobre todas las cosas del mundo. Confía sólo en Jesucristo que vendrá muy pronto y con salud del cuerpo y del alma, y no estéis apasionada ni desconsolada, que de aquí en adelante os sentiréis más alegre que hasta aquí habéis estado; y hallaréis que es verdad lo que os dije, confiando sólo en Jesucristo; Dios ante todas las cosas del mundo, pues yo no sé nada, Jesucristo lo sabe todo, y con su ayuda habéis de ser consolada muy pronto con la vista de vuestro humilde marido, al cual yo tanto quiero y amo y tanto me debo a él y a todas sus cosas, por cuantas veces me ha sacado del apuro, me ha desempeñado y me ha consolado con su bendita limosna, la cual tienen los ángeles consignada en el Cielo en el libro de la vida, donde tiene acumulado un gran tesoro para cuando vayáis allá, buena Duquesa de modo que gocéis de él para siempre vos y vuestro humilde marido, el buen Duque de Sesa.

Quiera nuestro Señor Jesucristo traerosle pronto ante vuestros ojos y os dé hijos de bendición, para que deis gracias, como siempre se las dais a nuestro Señor Jesucristo por todo lo que El hace y nos da, pues si algunas veces nos da trabajos y angustias, es para nuestro provecho y para que merezcamos más.

No hallo mejor remedio ni consuelo para cuando me encuentro apasionado que el mirar y contemplar a Jesucristo crucificado; y pensar en su Pasión santísima, con los trabajos y angustias que padeció en esta vida; y todo por nosotros, pecadores, malos, ingratos y desconocidos; y mirando al Cordero sin mancilla padecer tantos trabajos sin merecerlo. ¿Por qué queremos y buscamos descanso y placer en la tierra donde tantos males y penas dieron a Jesucristo, que nos crió y nos redimió? ¿Qué esperamos nosotros tener?

Y así, si bien lo miramos, buena Duquesa, esta vida no es otra cosa sino una guerra continua, sufrida mientras estamos en este destierro y valle de lágrimas, combatidos siempre de tres enemigos mortales, que son: el mundo, el diablo y la carne. El mundo nos llama con vicios y riquezas, prometiéndonos larga vida, diciendo: anda, que joven eres; date a buen placer, que a la vejez te enmendarás. El diablo, echándonos siempre lazos, redes en que caigamos y tropecemos y no hagamos bien ni caridad; metiéndonos en cuidados de los bienes temporales para que no nos acordemos de Dios ni de poner el cuidado que habíamos de tener en nuestra alma en limpiarla y vestirla de buenas obras. Así, salidos de un cuidado nos encontramos metidos en otro; o, que ahora en acabando este negocio quiero enmendar mi vida y así una y otra vez, nunca acabaos de salir de los embaucamientos del demonio, hasta que viene la hora de la muerte y resulta falso todo lo que el mundo y el diablo prometen. Y si tal cual nos hallará el Señor, tal nos juzgará, bueno será enmendarnos con el tiempo, y no hacer como aquellos que dicen mañana, más mañana, y así nunca comienzan. El otro enemigo, el mayor, que como ladrón de casa y doméstico, bajo buenas palabras y buen parecer, procura siempre perdernos, es la carne o nuestro cuerpo, que no quiere sino buen comer, buen beber, buen vestir y dormir, poco trabajo, lujuriar y vanagloriarse.

Para estos tres enemigos precisamos mucho el favor, ayuda y gracia de Jesucristo; despreciarnos a nosotros mismos del todo, por el todo, que es Jesucristo, confiando sólo en El, confesando la verdad y todos los pecados al pie del confesor, cumpliendo la penitencia que nos mandare, y proponiendo nunca más pecar por sólo Jesucristo; y si pecáremos, confesar a menudo. De esta manera podremos vencer a estos enemigos que he dicho, no confiando en sí mismo porque caeríamos mil veces al día en pecado, sino confiando sólo en Jesucristo; y por sólo su amor y bondad, no murmurar ni hacer mal ni daño al prójimo, sino querer para el prójimo aquello que querríamos que nos hiciesen a nosotros; desear que todos se salven y amar y servir a sólo Jesucristo por ser El quien es. Y no por temor del infierno. Y en cuanto sea posible que el confesor sea bueno, docto y de buena fama y vida. Todo esto, hermana mía en Jesucristo, lo sabéis vos mejor que yo, y cuando vos quisierais enviarme algún buen consejo, lo recibiré de muy buen agrado, como de hermana mía en Jesucristo.

Y, ahora, hermana mía muy amada y querida, quisiera preguntarnos cómo estáis, o cómo os va después que se fueran D. Álvaro y D. Bernardino, vuestros muy nobles, virtuosos y humildes tíos y hermanos míos en Jesucristo, a quienes quiero mucho. Dios les pague la buena acogida que, donde quiera que me hallan, siempre me hacen o me han hecho. Nuestro Señor reciba en el cielo sus almas y los lleve en buen estado a la presencia de vuestra muy humilde, noble, virtuosa y generosa madre, doña María de Mendoza, quien siempre desea agradar y servir a nuestro Señor Jesucristo.

Envíame a decir cómo llegaron y cómo les va, así como de las buenas nuevas del buen Duque, vuestro muy humilde marido, que de todo su bien me holgaré mucho, de cómo le va y cómo está y en qué parte. Plazca a nuestro Señor Jesucristo traerle pronto y con salud del cuerpo y del alma a él, a toda su compañía y a todos cuantos Dios quisiere. Amén Jesús.

¡Oh, hermana mía muy amada, buena y humilde Duquesa! Cómo estáis sola y apartada en ese castillo de Baena (Córdoba), rodeada de vuestras muy virtuosas doncellas y muy honradas y honestas señoras, trabajando y tejiendo noche y día por no estar ociosa ni gastar el tiempo en vano; queréis tomar ejemplo de nuestra Señora la Inmaculada Virgen María, la cual siendo Madre de Dios, Reina de los Ángeles y Señora del mundo, tejía y trabajaba todo el día para su sustento; y de noche y parte del día oraba en su retiro, para darnos a entender que, después del trabajo hemos de dar gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque usa con nosotros de tanta misericordia en darnos de comer, beber, vestir y todas las demás cosas sin merecerlo; que si El no lo bendijera ¿qué valdría nuestro trabajo, astucia y diligencia? Así, pues, continuad siempre trabajando e interesándoos en las obras de misericordia; haciendo recitar a todos y a todas la doctrina cristiana, las cuatro oraciones que manda la Santa Madre Iglesia; haciendo enseñar al que no sabe. Continuad pensando siempre en la Pasión de nuestro Señor Jesucristo y en sus llagas preciosas, y decidle que queréis más a El solo que a todas las cosas del mundo, y que queréis y amáis lo que El quiere y ama, y aborrecéis lo que El aborrece, y que por su amor y bondad, no por otro interés, queréis hacer bien y caridad a los pobres y personas necesitadas.

Ahora, pues, hermana mía, perdonadme por lo prolijo que siempre soy en escribir, aunque no os escribo todo lo que yo quisiera, ya que estoy muy apasionado y aún malo de los ojos, y con mucha necesidad, lo cual os haga comprender nuestro Señor Jesucristo. Con esta obra que he comenzado estoy muy preocupado porque estoy renovando todo el hospital y son muchos los pobres, y grande el gasto que aquí se hace, y todo se provee sin renta, aunque Jesucristo lo provee todo, pues yo no hago nada. Querría ir pronto por esa parte de Andalucía hasta Zafra (Badajoz) y Sevilla, mas no puedo hasta acabar esta obra con el fin de que no se pierda. Y, por otra parte, estoy tan empeñado y con tanta necesidad, que no sé qué hacerme. Así, pues, hermana mía muy amada en Jesucristo, allá envío a Angulo para que venda el trigo o lo traiga, según os pareciere mejor; ya que, en fin, tengo gran necesidad de dinero para esta obra, y para pagar algunas deudas que me cuestan los ojos. Como no tengo tampoco con qué pagar a los que lo vengan a traer, siendo mucho el coste, me parece, por tanto, mucho mejor venderlo. Ved vos, hermana mía, lo que os parece y mejor fuere. Angulo lleva la cédula del trigo y mi poder, que hice hacer a un escribano. Por amor de nuestro Señor Jesucristo, que no venga sin algún socorro de una manera o de otra, pues en cuanto vuelva Angulo, nos partiremos para Sevilla y Zafra para ver al Conde de Feria y al Duque de Arcos, ahora que se encuentra allí el maestro Ávila, que ha ido a verlos. Por ventura agradará a nuestro Señor Jesucristo, y me desempeñarán de alguna cosa. Mejor es ir yo mismo que no enviar cartas, porque tienen tantos negocios y pobres a quien dar limosna, que si no está uno delante luego se les pasa de la memoria aquello que les envían a decir, lo cual no me maravilla, porque los señores son muy combatidos de los pobres y les dan mucho fastidio. El maestro Ávila, además, me envía a decir por medio de Angulo que me llegue allá.

Hermana mía en Jesucristo. El os pague en el Cielo la limosna que disteis a Angulo para aquellos pobres y para su camino, que fué de cuatro ducados El ya lo contó todo, y cómo os dolíais de mis trabajos. Perdonadme el no poder pasar por ahí, a causa de unas cartas. Por tanto, hermana mía muy amada en Jesucristo, ruegoos, por amor de nuestro Señor Jesucristo, que os doláis de mis trabajos, angustias y necesidades, para que Dios tenga misericordia de vos y de todas vuestras cosas y de cuanto Dios quisiere y fuere servido. Amén Jesús.

Hermana mía, buena Duquesa: dad mis saludos a vuestra muy virtuosa ama, que ruegue a Dios por mí, que así haré yo por ella, y a todas las muy humildes y virtuosas señoras y doncellas de vuestra noble casa, que todas rueguen a Dios por mí, porque estoy envuelto en gran guerra y batalla. Asimismo dad mis saludos a mi hermano muy querido mosén Juan; que me escriba cómo está y cómo le va, y a todos los caballeros y criados de vuestra muy noble casa; que todos rueguen a nuestro Señor Jesucristo que me dé gracia y favor para vencer al mundo, al diablo y a la carne; para guardar sus Santos Mandamientos, y me conceda tener y creer todo lo que tiene y cree la Santa Madre Iglesia; confesando con verdad y contrición todos mis pecados; cumplir la penitencia que me fuere mandada hacer por el confesor, y amar y servir a sólo Jesucristo, que así lo haré yo por ellos. A doña Isabel, la música, dadle también mis saludos, decidle que nuestro Señor Jesucristo la conceda crecer en virtudes de bien en mejor.
Allá va Juan de Ávila, que es mi compañero, aunque siempre le llamo yo Angulo, mas su propio nombre es Juan de Ávila.

Hermana mía muy amada, buena Duquesa de Sessa, enviadme otro anillo, o cualquier cosa que sea de vuestro uso, para tener algo que empeñar, que el otro bien empleado está, pues ya lo tenéis en el Cielo. Decidle a la muy humilde ama, a todas las señoras y doncellas, que si tienen alguna cosita de oro y plata que enviar para los pobres y, por consiguiente para el cielo, que me lo envíen para que me acuerde de ellas. Nuestro Señor Jesucristo os salve y guarde, buena Duquesa, tanto a vos como a toda vuestra compañía, y a cuantos Dios quisiere y fuere servido. Amén Jesús. Y sin ello y con ello, quedo en gran obligación de rogar a Dios por todos y por todas las de vuestra noble casa.

Vuestro desobediente y menor hermano Juan de Dios, si Dios quisiere muriendo, mas mientras tanto, callando y en Dios esperando, quien desea la salvación de todos como la suya propia. Amén, Jesús.

Buena Duquesa, muchas veces me acuerdo de los regalos que me haciais en Cabra (Córdoba) y Baena (Córdoba), así como de aquellos pedazos de pan que me entregabais para repartirlos. Dios os dé el Cielo y os haga partícipe de sus bienes. Amén Jesús.