Hno. Paul de Magallón

Paul nació en una familia acaudalada en Aix-en-Provence, en el sur de Francia, en el año 1784. En aquellos tiempos, la nobleza vivía una buena vida, pero pronto todo ello habría de cambiar – y muy rápidamente.
 
El padre de Paul murió seis meses después de su nacimiento, dejando la responsabilidad de criar a sus cinco hijos a su viuda, la hija del Marqués de Argens. Menos de cinco años después, la familia tuvo que huir y exiliarse a Italia cuando estalló la Revolución Francesa.
 
Cuando Paul tenía 14 años, la familia se vio nuevamente obligada al exilio – esta vez a Prusia – tras otro brote de violencia contra la burguesía. Allí, el joven entró en una academia militar, donde estudiaba para ser oficial. A pesar de que naciera entre la nobleza, la “cuchara de plata” había desaparecido desde hace mucho tiempo y la familia de Paul vivió una vida frugal en el exilio. Con 20 años de edad, Paul salió de la academia militar y fue reclutado como teniente en el ejército prusiano. Tres años después, en 1807, Napoleón prometió una amnistía a los exiliados y Paul volvió a Francia, donde siguió avanzando en su carrera militar, distinguiéndose en la Batalla de Wagram, durante la cual Francia derrotó a Austria.
 
Con 30 años de edad, Paul estaba ansioso por volver a ver a su madre, pero le informaron que había fallecido durante su cautiverio. Paul tenía una relación muy cercana con su madre, ya que ella había sido su “roca” durante su vida de eternos cambios y agitación. Volvería nuevamente al campo de batalla, pero esta vez para tomar armas contra Napoleón, que había huido de la isla de Elba. Paul quedó malherido y se demoró dos años en recuperarse de sus heridas.
 
Cuando tenía 32 años, se marchó del ejercito y entró en un seminario de los Jesuitas, pero tardaría cuatro años más en encontrar su verdadera vocación. En 1818, durante una visita a su hermano en Marsella, vio a algunos jóvenes que pedían limosna en un mercado. Los siguió hasta un hospital del lugar, donde descubrió que se dedicaban a cuidar de los enfermos. No recibían ningún pago a cambio de sus servicios, sino solo alimentos.
 
Paul tomó el nombre de Hno. Juan de Dios, en honor al fundador de la Orden Hospitalaria y fue elegido Superior del grupo por los Hermanos Enfermeros. Supo atraer a otros al estilo de vida religioso de la comunidad y muy pronto se les asignó la responsabilidad de los pabellones de hombres en el hospital. Además, había ampliado el trabajo de su grupo, que ahora estaba a cargo también de otros dos hospitales. El comité encargado de los hospitales de la ciudad quedó tan favorablemente impresionado por su labor que presentó con éxito una petición ante el Rey Luis XVIII para que obtuviesen el reconocimiento como Orden religiosa. Gracias a dicho reconocimiento pudieron abrir un noviciado y en ese momento, el Hermano Juan de Dios habría podido convertirse en el fundador de su propia Obra de Hospitalarios. Sin embargo, no era esa su ambición, ya que estaba decidido a restaurar a la Orden en Francia, de donde había sido expulsada durante la Revolución Francesa. En el pasado, la Orden había estado presente en Francia desde el año 1601, donde tenía 40 hospitales y cuidaba de miles de pacientes.
 
Junto con tres compañeros suyos, el Hno. Juan de Dios salió rumbo a Roma para solicitar la autorización para la restauración de la Orden. Habiendo obtenido la autorización, el día 20 de agosto de 1823, tras una interrupción de treinta años, la Orden de San Juan de Dios vio su restauración en Francia. El viaje había dejado muy débiles a los Hermanos: de los cuatro, el año sucesivo seguía vivo sólo el Hno. Juan de Dios, ya que sus tres compañeros habían sucumbido a varias enfermedades. A pesar de la pérdida de esos líderes de tal calibre, la Orden siguió creciendo.
 
Los Hermanos partieron de Marsella rumbo a Lyon, limosneando pan y durmiendo en graneros o bajo cobertizos durante el viaje. Cuando alcanzaron la ciudad, les alojaron en la cárcel principal, donde comenzaron de inmediato a realizar su misión con los presos, la mayoría de los cuales padecían de enfermedades mentales. El Hno. Juan de Dios consiguió comprar una gran casa, donde proponía cuidar de los enfermos mentales. La población local quedó horrorizada ante la idea y le ofrecieron una gran cantidad de dinero para que trasladara su centro a otro sitio, lo que le permitió comprar un antiguo castillo y comenzar a transformarlo.
 
La escasez de fondos constituía una preocupación constante, sin embargo, el Hno. Juan de Dios consiguió comprar otras propiedades y construir un hospital psiquiátrico de vanguardia, con equipos modernos y con una capacidad para atender a más de mil pacientes. Siendo realmente un pionero de sus tiempos, su objetivo era el de curar a los pacientes con la que hoy es conocida como Terapia Ocupacional. A pesar del anticlericalismo residual que todavía perduraba en los círculos del gobierno, éstos consultaban a menudo al Hno. Juan de Dios en cuanto a los tratamientos para las enfermedades psiquiátricas. Como resultado, los tratamientos de los que fue pionera la Orden fueron aplicados en los hospitales de todo el sistema sanitario de la zona.
 
Tras varios años en Roma, volvió a Francia a la edad de 69 años. Aunque seguía siendo Primer Consejero Provincial, eligió dedicarse a trabajar como Hermano enfermero, cuidando de pacientes incontinentes y terminales en el hospital de Lyon.

El Hno. Juan de Dios de Magallon murió el día 14 de julio de 1859, a la edad de 75 años.

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