Una vida para los demás

He descubierto en mi vocación como religioso y en concreto como Hermano de San Juan de Dios, el gran tesoro de mi vida que he de cuidar y de mimar como el regalo más preciado.

Si tuviera que señalar que es lo que me hizo descubrir la llamada de Dios como Hermano de San Juan de Dios me costaría mucho poder decidir un momento concreto de mi vida.  Tendría que decir que fueron muchos los momentos y experiencias que me ayudaron a poder descubrir que Dios me iba acompañando y guiando en todo momento y que yo tenía que dar una respuesta concreta y clara a esa llamada continua que se me hacía. 

Ya desde muy pequeño en mi familia viví la presencia de un Dios sencillo y que se hace presente en lo cotidiano.  Un Dios que acompaña la vida de las personas sin hacer ruido.  En la cercanía de mis padres, en los gestos de familiaridad, en las tardes de invierno donde toda la familia nos reuníamos en torno a la mesa, en los días de veraneo con mis primos en el pueblecito de Teruel… como no reconocer la presencia de Dios en cada uno de esos momentos. 

Pero si algo marcó mi caminar y compromiso cristiano serían los muchos momentos vividos en la Parroquia, en el barrio con las Hijas de la Caridad y en el movimiento de Juventudes Marianas Vicencianas.  Estos momentos poco a poco fueron entretejiendo un camino que no tenía vuelta atrás y que me llevaron a abrir los ojos y configurar mi vida mas de acorde al Evangelio. 

Cuantos recuerdos de aquí para allá respondiendo a la inquietud vicenciana que llevaba dentro de estar y compartir con los más pobres.  Tiempos en el comedor social junto a las personas sin hogar, en el barrio junto a los niños de familias de pocos recursos, en la cárcel junto a las mujeres privadas de libertad…  Cuantas llamadas para responder a tanta voz sedienta y necesitada de misericordia. 

Los momentos compartidos en el grupo de revisión de vida, los momentos de oración, retiros, formaciones… me ayudaron a ir clarificando y reordenando tantas experiencias de servicio que iba encajando en mi vida hasta que en este camino apareció la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.   

Nunca había oído hablar de los hermanos de San Juan de Dios pero he de reconocer que al vivir una experiencia de verano en una de sus casas compartiendo la vida con los hermanos descubrí en lo más hondo de mi corazón que Dios me llamaba a dar un giro en mi vida y a comenzar una nueva andadura como religioso hospitalario.  Se me abría una posibilidad que encajaba con mis interrogantes vocacionales que por aquel entonces revoloteaban por mi cabeza. 

Hasta el momento en mi itinerario personal la Vida Religiosa se había hecho presente solo a través de las Hijas de la Caridad, con las cuales compartía gran parte de mi compromiso concreto con los más pobres, pero era ahora cuando aparecía una llamada no tanto a hacer sino a vivir mi vida para Dios desde el servicio. 

Comencé por tanto mi discernimiento con un Hermano de San Juan de Dios que me acompañó durante un año y con el cual pude contrastar y descubrir que aquello que sentía en lo más profundo de mi ser era una llamada concreta y clara a una forma concreta de vivir para Dios y para los hombres dentro de una comunidad de hermanos. 

Y así fue como un 16 de Septiembre de 2001 salía de mis tierras aragonesas para emprender mi camino como religioso y paso a paso ir respondiendo con sencillez y disponibilidad a mi vocación.   

La experiencia que he podido compartir con los enfermos, personas sin hogar, discapacitados, colaboradores, voluntarios… me ha hecho consolidar mi apuesta por el gran valor de la Hospitalidad, y al mismo tiempo me ha hecho darme cuenta de la importancia de la comunión de la familiaridad y de la cercanía.   

Sé que el camino a recorrer nos es fácil pero también soy consciente que Dios está junto a mí y al igual que durante este tiempo me ha guiado por caminos que no imaginaba, lo seguirá haciendo a lo largo de mi vida.   

Hno. Luis Marzo Calvo

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